ARTESANÍA DE VILLALBA BAJA

 

 

Las artesanía popular supone la realización de trabajo a mano o con instrumentos muy elementales en familia o individualmente en pequeños talleres. Su origen se remonta a los gremios medievales, agrupados por calles, vigentes hasta las Cortes de Cádiz y desaparecidos con la aparición de la industrialización.
La artesanía textil en lana y lino se extendió por todo Aragón y como es lógico también a Villalba Baja.

 

Se hilaba y tejía la lana con instrumentos especiales, logrando tejidos bastos como mantas, alforjas, talegas, mandiles, cobertores, linzuelos, etc.
En Villalba se preparaba y cardaba la lana. Había pelaires y bastantes telares cuyas piezas terminadas se comercializaban. Junto a esta artesanía de la lana también existió la del lino, cáñamo y esparto con el que se confeccionaban suelas de alpargatas, serones, cuévanos, cestos, etc.

Collerón
Cesta
Pozal

Además de lo anterior también se practicó la industria casera del cuero. Con él se realizaban collerones,cabezadas,retrancas,colgadores, etc. Por lo general estas piezas eran completadas con claveteados dorados y con las iniciales del dueño.
También funcionó en nuestro pueblo la cestería, realizada a base de mimbres, juncos, caña, paja de trigo y de centeno, etc.
Los herreros y caldereros fabricaban los enseres del hogar: calderos, calderas, asadores, parrillas, badiles, morteros, rejas, candiles, verjas, balcones de hierro, etc.
Tampoco faltaron aceiteras, vasos, cerilleras, gabeteras, instrumentos sonoros y otros muy diversos, fabricados con hueso y cuernos de buey.
Con pelo trenzado de caballo se fabricaban sortijas, cadenas de reloj, cordones y otros muchos elementos.

LA LANA

Antiguamente el esquileo de las ovejas se hacía a tijera. Posteriormente se intrudujo la máquina de esquilar. El día del esquilo era uno de los días señalados del año y normalmente sucedía durante el mes de junio. Unas horas antes de empezar tal faena, era introducido el ganado en cuadras o majadas para que sudara, facilitando así la tarea del esquileo. Dos condiciones caracterizaban al buen esquilador:evitar producir heridas a la oveja y que el vellón de lana no se rompiera. Los pequeños trozos que se despendían de las patas y el cuello se denominaban “vedijas”, y se utilizaban para rellenar almohadas.
Cada esquilador necesitaba de un ayudante el cual se encargaba de sacar la res de la cuadra, trabarla, ponerla junto al esquilador, retirarla, destrabarla, ponerle la marca con pez caliente y plegar el vellón de lana.
A las horas del trabajo no faltaba la bebida acompañada de galletas, pastas, torta, pasas, higos, etc. De la misma manera, los almuerzos, comidas y cenas que se preparaban en las casas en las que se esquilaban las ovejas eran de primera categoría, pues el propio trabajo y el acontecimiento así lo requerían.

Esquilado
Torno de hilar
Vareado de la lana

Concluido el esquileo, se procuraba vender toda aquella lana que no fuera destinada al consumo familiar y se esperaba a que acabaran las tareas de la recolección para dedicar un día completo a lavarla en el río. Se metían los vellones en el agua y, puestos sobre las losas, se apaleaban con varas.Una vez limpia, se extendía en esteras de esparto, cañizos o cualquier otro soporte similar, en graneros, corrales, falsas y desvanes, para su correcto secado. Las largas trasnochadas de invierno se aprovechaban para esmotar y desprender las pequeñas pajas o hierbas secas que se hubieran adherido a la lana mientras las ovejas pastaban por el campo. Conseguida su limpieza, era el momento de cardarla; para tal menester se utilizaban dos paletas de madera con púas aceradas (cardas), entre las que se peinaba sucesivamente la lana hasta conseguir dejarla lista para la rueca o el torno de la hilandera donde se conseguia el hilo de lana. El cardado era una tarea paciente que solían desarrollar las abuelas al amor de la lumbre. Las cardas se cuidaban con esmero y cardar bien no dejaba de ser un arte que requería cierta habilidad. Había que poner un puñado de lana entre ambas cardas, coger una con cada mano y hacer que sus púas fueran desfibrando el copo. Un bote vacío de tomate con un poco de aceite y una pluma de gallina servían para engrasar las cardas cada vez que las púas comenzaban a encallarse.
Limpia y cardada, la lana quedaba preparada para ser hilada. Se cogía un copo y se colocaba alrededor de la rueca, sujetando ésta en algún hueco de la pared o en el respaldo de una silla para que no se moviera al hacer bailar el huso. Se iba haciendo la hebra estirando con ambas manos, procurando que quedase de un grosor homogéneo y que no se rompiese. A continuación se hacía girar el huso con una mano, se sujetaba la hebra con la otra, y se iba enrollando la lana hasta que la husada (ovillo que se formaba alrededor del huso) comenzaba a pesar y a ser poco manejable. Ese era el momento en el que debía sacarse la husada y comenzar una nueva.

Cardado de la lana
Devanadera, alforja, chaleco y bufanda de lana
Telar de lana
Hilado de la lana con rueca manual

Para dar mayor consistencia a la lana, ésta se sometía al proceso de torcido. Para ello se ataban los cabos de dos ovillos o husadas, se daban dos o tres vueltas alrededor del huso y se hacían tres lazadas. Se hacía bailar el huso con ambas manos para que las dos hebras quedaran entrelazadas y torcidas. A continuación se deshacían dichas lazadas y se procedía a hacer un ovillo con la lana de esta nueva husada. El proceso se repetía hasta que se acababa toda la lana previamente hilada.
La lana hilada en casa se utilizaba en la confección de buena parte de la indumentaria tanto femenina como masculina, que era obligado usar en los largos meses de invierno: medias, “piales”, refajos, fajas, capas, chales, medias, pantalones...
También se podía hilar con máquina, denominada rueca, pero no todo el mundo disponía de este sencillo y útil artilugio.
Pero el proceso de elaboración de la lana no acababa aquí. Las husadas pasaban a convertirse en ovillos. Los ovillos, apretados y bien conformados se guardaban hasta que se disponía de tiempo suficiente para dedicarse a hacer calceta. Si, por ejemplo, lo que se pretendía era tejer unos “piales” o algo similar, la lana se empleaba directamente del ovillo, pero si la prenda, como era el caso de los vistosos refajos, capas, fajas, etc, iban a ser teñidas, se procedía a hacer madejas, para lo que se utilizaban las aspas.
Las aspas consistían en un palo de grosor medio atravesado por un orificio en el extremo superior y otro en el inferior. Otros dos palos más delgados se introducían por dichos orificios de forma que quedara el uno de derecha a izquierda y el otro de frente. Para hacer las madejas se iba pasando la lana alternativamente por ambos palos y, una vez acabada, se ataban todas las hebras para que la madeja no se deshiciera. De esta forma, si se deseaba teñir la lana, el color quedaba mucho más uniforme que si se hubiera hecho con un ovillo.
Para devanar las madejas y convertirlas de nuevo en ovillos antes de comenzar a tejer una determinada prenda, existía otro rudimentario artilugio denominado devanadera, pero las mujeres preferían recurrir a uno de sus hijos o a alguna vecina que, con los brazos separados para que la madeja se mantuviera tensa, debían soportar estoicamente hasta que veían aparecer el cabo de la lana.

Piales de lana
Practicando calceta con lana
Capa de lana

Las mujeres tejían ellas mismas muchas de las prendas de lana. Destinaban los meses de invierno, durante los que no se veían obligadas a trabajar en tareas agrícolas, para hacer piales, jerséis, gorros, chales, medias, etc. La labor nunca faltaba en sus manos cuando disponían de un momento tras cuidar de los hijos, alimentar a los animales domésticos, arreglar la casa, lavar la ropa... Incluso hacían calceta mientras charlaban en la calle en corro con sus vecinas, llevando el ovillo en una pequeña cesta colgada del brazo.
Antes de confecciar los paños había que llevar la lana hilada al batán. El batán, que estaba situado al final del camino de su mismo nombre, era movido por fuerza hidráulica, consistía en grandes mazos de madera que golpeaban con fuerza la lana con el fin de desengrasarla y dar mayor consistencia a los paños que luego se fabricaban en los telares. El paño podía ser más o menos grueso dependiendo de la prenda a que fuera destinado.
Del batán salía la lana lista para la confección, en los telares, de los tejidos recios con los que se confeccionaban capotes, mantas, alforjas, talegas, etc,o los tejidos más finos que se transformaban posteriormente en vistosas sayas, pantalones, chaquetas, chaquetones, elegantes capas, etc y las famosas mantas árabes de cojín, aptas para las camas y para embozarse cuando se iba al campo, al pastoreo, de viaje, o en cualquier otro momento.
Era habitual que en cada pueblo residieran uno o más sastres que cortaban y cosían las prendas de la indumentaria que lucían tanto hombres como mujeres los días señalados y fiestas de guardar y que con frecuencia pasaban de una generación a otra.
Con los vellones de lana también se hacían los colchones buenos. Se apaleaba la lana para que quedase hueca, se extendía un corte de tela de colchón en el portal y se pasaban las bastas para que la lana quedase convenientemente repartida, cosiendo a continuación los cuatro lados.
Entre los instrumentos más utilizados en esta artesanía de la lana destacan:
Rueca de mano: Instrumento en forma de vara delgada que sirve para hilar.
Torno de hilar: Era un sustituto de la rueca de mano. Con él se obtenía el hilo de lana.
Devanadera: Aparato en el que se introducía la madeja de lana para obtener el ovillo.
Torcedor: Aparato sencillo con el que se unían los cabos de los ovillos y, torciéndolos, se obtenía un doble cordón de doble grueso y resistencia.
Huso: Instrumento manual para unir y retorcer dos o más hilos de lana, aunque también servía para hacer lo propio con el cáñamo y el lino.

EL CÁÑAMO

El cultivo de esta cannabácea textil con cuyas fibras se fabricaban tejidos y cuerdas, también fue otra de las actividades que posibilitaron la artesanía del cáñamo en Villalba.
Se sembraba durante la segunda quincena de abril y se recolectaba a finales de agosto o primeros de septiembre.
Los hombres eran los encargados de la recolección; arrancaban la planta con la raíz y la colocaban en pequeños montones (manadas) para ser desterronados a golpes por las mujeres. Mediante caballerías era transportado a las eras y colocado allí en manadas para facilitar su secado durante unos cinco días. Una vez seco era golpeado sobre un tablero para extraer las semillas o cañamones, se hacían costales atados con mimbres y se trasladaban con caballerías a las balsas (de las Callijuelas) preparadas a tal efecto, donde permanecía a remojo durante unos 40 días. Cuando ya estaba fermentado se extendía en terrenos soleados para su secado.

Manadas de cáñamo
Plantación de cáñamo
Restos de la balsa junto a la Rambla donde se colocaba a remojo el cáñamo
Talega de cáñamo

Una vez seco se introducía en el horno y se torraba durante una noche a fuego muy lento. Tras el torrado se procedía a agramarlo, o sea, a extraer y separar la parte interior del tallo (arista) de la parte exterior (fibra). Las aristas o interior del tallo se utilizaban como combustible, mientras que la parte exterior o fibra se pasaba por el rastrillo (tabla con clavos de acero) y se extraían hasta tres clases de fibra que daban origen a diversos usos: Con el “canal”, parte más estimada, se confeccionaban lienzos para camisas, sábanas, etc. Con el “hijuelo”, material más áspero, se realizaban lienzos más bastos para alforjas, talegas, etc. Con la “estopa”, parte residual, se elaboraban sogas, suelas de alpargatas, etc.
Las piezas de lienzo obtenidas en los telares, que normalmente estaban ubicados en las entradas de las casas, debían permanecer en agua hasta adquirir un color blanco total. Una vez secas, ya estaban listas para comercializarlas o confeccionar prendas tales como sábanas, camisas, etc.

 

BIBLIOGRAFÍA
* "Villalba Baja: Historia, tradición y costumbres" - Timoteo Galindo Guillén y Francisco Julián Garzarán - Martín impresores - Valencia, 1986

 



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